Un buen copiloto

Jaime es conductor de autobús en Madrid. En un encuentro con el Prelado del Opus Dei en Vistaalegre (Madrid), contó cómo había conocido a San Josemaría y el Opus Dei.

En primera persona

Nací en un pequeño pueblo castellano de la provincia de León, en el seno de una familia cristiana. Fui hijo único, y a los catorce años sentí que Dios me llamaba a algo más. Hablé con mi padre, pero su negativa fue rotunda. Al año siguiente falleció.

Como yo seguía con mis inquietudes, volví a plantearle el tema a mi madre, que me dio libertad para hacer lo que yo viera. Sin embargo a partir de ese día no paraba de llorar junto con su hermana, que había venido a vivir con nosotros. Al preguntarles la razón, me dijeron que les apenaba mucho quedarse solas. Me pareció que era la respuesta de Dios de que ese no era el camino que quería para mí, y me quedé definitivamente con mi madre en el pueblo, asumiendo un cristianismo que yo entendía equivocadamente de segunda categoría.

'Un día subió una persona que me dio una estampa de San Josemaría. Se lo agradecí y la guardé sin demasiado interés'

Los años siguientes hice unos cursos de mecánica del automóvil, empecé a trabajar en un taller y a salir con la chica más guapa del pueblo, con la que me casé felizmente al cabo de un tiempo.

Algunos paisanos habían emigrado a Madrid y me llegó la noticia de que allí se necesitaban mecánicos en una compañía de autobuses. Las condiciones eran buenas, así que nos trasladamos a vivir a la capital y empecé a trabajar en los talleres de esa compañía. Yo seguía yendo a Misa los domingos, pero poco más. Sin embargo, Dios no dejaba de guiar mi vida, sin yo saberlo.

Pasaron los años, y la empresa fue comprada por otra mayor. Pensé que en ese tipo de fusiones, siempre sobra gente, así que para aumentar mis opciones, me saqué el carnet necesario para llevar autobuses. En efecto, en la reestructuración de la empresa, pasé a ser conductor de autobús.

'El mensaje que contenía (Camino) era desconocido para mí, y me impresionó profundamente: ¡yo podía ser santo con mi mujer e hijos, y conduciendo mi autobús!'

En ese puesto, todos rotamos en los turnos de mañana, tarde o noche, en el descanso y servicio de fines de semana, y también en los recorridos que nos asignan.

Un día subió una persona que me dio una estampa de San Josemaría. Se lo agradecí y la guardé sin demasiado interés. Pasaron los días, los turnos, los recorridos… Al cabo de unas semanas volvió a subir y me preguntó si había rezado la estampa. Tuve que decirle la verdad: ni me había acordado de ella. Me volvió a recomendar que la usara para rezar por mis necesidades. Al llegar a casa la saqué y la recé por primera vez. Me llamó la atención el texto de la oración, y la breve biografía de por detrás, y volví a usarla otros días más.

'Desde entonces procuro ver a Dios en todos mis pasajeros, conducir y tratarlos con una sonrisa'

Pasaron las semanas, y volvió a subir a mi autobús esa persona. Con alivio pude decirle esta vez que sí había rezado la estampa. Entonces sacó de su bolsillo un ejemplar de Camino y me dijo: pues léase este libro, que le hará mucho bien. Al terminar mi servicio volví a casa y empecé a leerlo. El mensaje que contenía era desconocido para mí, y me impresionó profundamente: ¡yo podía ser santo con mi mujer e hijos, y conduciendo mi autobús!

Tardé poco en leer todo el libro, y ahora era yo el que buscaba con impaciencia entre los pasajeros que subían a mi autobús. Funcionó la estadística y al cabo de unas semanas volvió subir esa persona. Pude decirle que me había entusiasmado Camino, a lo que ella respondió sacando del bolso otro libro de San Josemaría, que también me prestó, así como una biografía más adelante. Mi alegría y asombro con lo que leía iba en aumento.

Me puso en contacto con un centro de la Obra, y empecé a acudir a los medios de formación. No tardé en ir a un curso de retiro, donde vi con claridad cómo Dios me había llevado de la mano por mi vida, me había llevado en su autobús, hasta mostrarme cuál era su voluntad para conmigo. Poco después pedí la admisión en el Opus Dei como supernumerario.

Desde entonces procuro ver a Dios en todos mis pasajeros, conducir y tratarlos con una sonrisa, aunque a veces por su comportamiento parezca que no se lo merecen.

'Durante los días de la reciente Jornada Mundial de la Juventud me tocó trabajar. Tanto los viajeros habituales como yo estábamos encantados con el espíritu alegre, educado y colaborador de esos jóvenes'

Suelo poner un pequeño cuadro de San Josemaría en el tablero de mandos, para que me ayude. Un día oí desde atrás una voz que me dijo: ¡que buen copiloto lleva usted! Otro día, en uno de los viajes a primera hora de la mañana, subió una señora, se sentó y al poco rato vino con una estampa de la Virgen y me dijo: “esta es la estampa que tienes que poner en el cuadro, porque Ella es la Madre de todos, no como ese que lleva, que solo es el Padre de algunos”. Yo le dije: “pero da la casualidad de que yo soy su hijo, y respecto a la Virgen, mire donde la llevo”. Y le mostré una estampa a mi izquierda. La señora sonrió complacida, se dio media vuelta y se fue a su sitio.

Otro día subió al autobús un inspector de la compañía, recién nombrado. Empezamos a hablar y al ver el cuadro de San Josemaría, empezó a hacerme preguntas sobre la religión, la Iglesia y la Obra. Le iba explicando como podía, pero con tan poco éxito que empezó a meterse con todo y con todos. Como no era el mejor sitio y momento y él no paraba, intenté cambiar de conversación. Descubrí que le gustaba pasear, y le propuse hacerlo el domingo por la mañana. Así lo hicimos, y desde entonces lo hemos repetido más veces. Uno de esos días me preguntó que si iba a ir yo a Misa. Le contesté que sí y me dijo que si me podía acompañar. Ante mi gesto afirmativo, cogió el teléfono, llamó a su mujer y le dijo que preparara al niño (tiene dos años), pues se venían conmigo a Misa.

'Suelo poner un pequeño cuadro de San Josemaría en el tablero de mandos, para que me ayude. Un día oí desde atrás una voz que me dijo: ¡que buen copiloto lleva usted!'

Una de las líneas que hago pasa cerca del aeródromo de Cuatro Vientos, y durante los días de la reciente Jornada Mundial de la Juventud me tocó trabajar. Tanto los viajeros habituales como yo estábamos encantados con el espíritu alegre, educado y colaborador de esos jóvenes. Por ejemplo, aunque el autobús fuese bastante lleno, cuando llegábamos a una nueva parada se levantaban de los asientos y se apretaban más para que pudiesen subir más viajeros.

Conseguí bastantes estampas de San Josemaría en varios idiomas, para repartirlas a esos jóvenes. Las primeras que desaparecieron fueron las que estaban en inglés, y las de francés y castellano también volaron rápidamente. Pero llegó el último día y me quedaba un buen montón en polaco, de las que no había podido dar ni una. Le pedí a San Josemaría que hiciese algo, y no falló: justo en el último viaje de la mañana, en la cabecera del recorrido, había un grupo de jóvenes con camisetas blancas que ponía algo así como “Polska”. Les llamé y confirmé como pude que eran polacos. Y allí se fueron las estampas.

Una última anécdota. Hace poco subió al autobús una pareja joven. Al principio hablaban inglés, pero pronto pasaron al castellano, y me sorprendí al oír que hablaban de la Biblia y de Dios. Al día siguiente volvió a subir a mi autobús el chico, esta vez solo. Le dije que ayer le había llevado yo, y que quería darle una estampa de San Josemaría. La miró y me preguntó si yo era católico. Él era protestante, y al final del verano se volvía a su ciudad natal en Estados Unidos, para iniciar los estudios para ser pastor de su iglesia. Pensé que me devolvería la estampa, pero no, se la llevó. Confío que San Josemaría hará el resto, como siempre.